Un sitio para que los exfumadores se entusiasmen, supongo.

Cigarrillos Máuser

25 octubre 2009 | Augusto Roa Bastos, Carteles, Literatura, Publicidad de tabaco | | 1 comentario »

Máuser

Ese paquete de cigarrillos, no de tabaco, más vale de crespa pólvora amarilla, tóxico trueno silencioso de nicotina en la boca de un chico de doce años, marcó el fin de la iniciación.

Pero aun sin ese paquete de etiqueta verde, con el máuser pintado a través, sin esos cigarrillos fumados a escondidas en el monte, sin el latrocinio de la negra que era ya solamente también el resultado de la obra comenzada, de su salvaje salacidad, la historia hubiera acabado allí de cualquier manera. Un poco más tarde, por cualquier otro motivo. Pero hubiera concluido. Porque ciertas cosas no pueden durar indefinidamente cuando se nutren de vida y muerte al mismo tiempo. Se cargan, se cargan. Es algo que no tiene aparentemente límite. Pero en un momento determinado la fuerza acumulada estalla. Así fue.

La negra sacó el paquete de entre las ropas y lo entregó al chico. Con la boca pegada a la almohada le dijo:

- Mañana en el monte, por la siesta. Donde nadie te vea.
- ¿Por qué no ahora? – La voz del chico fingía una tranquila ansiedad. Lo que tenía era miedo.
- Ahora no… Por el humo. Nos pueden descubrir.
- ¡Ah…!
- Andate a pescar como siempre. En la otra curva del río. Hacia Paso Aguirre. Bajo el timbó grande. En el tacuaral.
- ¡Ahá…!

El chico cerró los ojos. Ya se veía saltando hacía el río con su caña de pescar al hombro, Laurel trotando entre sus piernas, la drando a los pescadores, y el paquete verde, con sus tubos blancos repletos de enrulado tabaco, en el bolsillo de la blusa. Eso podía tener valor en sí mismo. Pero para él sólo tenía valor porque venía de Petrona. Jamás lo hubiera intentado de otro modo. Nada que no viniese de ella le seducía.

La negra le entregó el paquete. Le ordenó que fumara. Pero no le dijo cuántos. El chico se fumó todos los que pudo. Cuando lo encontraron estaba muerto, o casi muerto. Pero el que indicó donde estaba el chico fue el perro. Cuando la desesperación entró en la casa, la negra se hizo la desentendida. Se puso a tararear roncamente en la cocina, removiendo perezosamente las ollas, fregando infinitamente los platos ya limpios que bajaba y volvía a bajar del escurridor. Después ella también salió a buscarlo. Pero tomó otra dirección. No la del timbó grande, a la orilla del río.

Cigarrillos MáuserAugusto Roa Bastos (1953)

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