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Smoke Gets in Your Eyes – Kuang Yu Ling
___ Amplíen la imagen para mirar el fondo del cartel, les valdrá la pena si tienen algo de espíritu decorativo. También pueden ver este detalle de los paquetes si es que el título de la entrada les ha hecho dudar de mí. Pero, por favor, no vayan a creer el bulo aquel de que en los alrededores de los estancos chinos no se ven roedores.
Claro, sería demasiado pedir que mi propio lector común resultara ser una de las tres personas que han visto el nido del zarapito, pero por lo menos creo que lo conozco —te conozco— lo bastante bien como para sospechar qué clase de gesto bien intencionado de mi parte será bien recibido en este momento. Con este espíritu de entre-nous , viejo confidente, antes de que nos juntemos con los otros, los que están en todas partes, incluso, estoy seguro, los locos del volante, de mediana edad que insisten en llevarnos zumbando a la luna, los Vagabundos del Dharma, los fabricantes de filtros de cigarrillos para los hombres que piensan, los Beats, los Andrajosos y los Iracundos, los creyentes elegidos, todos los expertos soberbios que saben también lo que deberíamos o no deberíamos hacer con nuestros pobres y pequeños órganos sexuales, todos los muchachos barbudos, orgullosos e ignorantes, todos los guitarristas aficionados y los asesinos del Zen, y los estetizantes gamberros unidos que contemplan por encima de sus ignaras narices este espléndido planeta donde (por favor, no me digas que me calle) Kilroy, Cristo y Shakespeare se detuvieron, antes de juntarnos con esos otros, te lo digo en privado, viejo amigo (y desde muy cerca), por favor acéptame este modesto ramillete de paréntesis tempranamente florecidos (((()))). Quiero decir, de un modo nada florido, que han de ser tomados ante todo como augurios patituertos, torcidos, de mi estado anímico y corporal al escribir esto.
(…)
He expuesto mi credo. Me apoyo en el respaldo. Suspiro feliz, me temo. Enciendo un Murad y sigo, confiando en Dios, con otras cosas.
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Aquí abajo, mi particular cadáver exquisito (o de cómo he hallado la manera de hablar de lo que hoy quería hablar en un blog sobre publicidad de tabaco y arte sin traicionarlo):
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Muchas gracias y mucha suerte a todos ellos. Un abrazo a Delia Rodríguez, Álvaro Llorca, Guillermo… a alguno de ellos ya lo considero de la familia. Literalmente.
Ese paquete de cigarrillos, no de tabaco, más vale de crespa pólvora amarilla, tóxico trueno silencioso de nicotina en la boca de un chico de doce años, marcó el fin de la iniciación.
Pero aun sin ese paquete de etiqueta verde, con el máuser pintado a través, sin esos cigarrillos fumados a escondidas en el monte, sin el latrocinio de la negra que era ya solamente también el resultado de la obra comenzada, de su salvaje salacidad, la historia hubiera acabado allí de cualquier manera. Un poco más tarde, por cualquier otro motivo. Pero hubiera concluido. Porque ciertas cosas no pueden durar indefinidamente cuando se nutren de vida y muerte al mismo tiempo. Se cargan, se cargan. Es algo que no tiene aparentemente límite. Pero en un momento determinado la fuerza acumulada estalla. Así fue.
La negra sacó el paquete de entre las ropas y lo entregó al chico. Con la boca pegada a la almohada le dijo:
- Mañana en el monte, por la siesta. Donde nadie te vea.
- ¿Por qué no ahora? – La voz del chico fingía una tranquila ansiedad. Lo que tenía era miedo.
- Ahora no… Por el humo. Nos pueden descubrir.
- ¡Ah…!
- Andate a pescar como siempre. En la otra curva del río. Hacia Paso Aguirre. Bajo el timbó grande. En el tacuaral.
- ¡Ahá…!
El chico cerró los ojos. Ya se veía saltando hacía el río con su caña de pescar al hombro, Laurel trotando entre sus piernas, la drando a los pescadores, y el paquete verde, con sus tubos blancos repletos de enrulado tabaco, en el bolsillo de la blusa. Eso podía tener valor en sí mismo. Pero para él sólo tenía valor porque venía de Petrona. Jamás lo hubiera intentado de otro modo. Nada que no viniese de ella le seducía.
La negra le entregó el paquete. Le ordenó que fumara. Pero no le dijo cuántos. El chico se fumó todos los que pudo. Cuando lo encontraron estaba muerto, o casi muerto. Pero el que indicó donde estaba el chico fue el perro. Cuando la desesperación entró en la casa, la negra se hizo la desentendida. Se puso a tararear roncamente en la cocina, removiendo perezosamente las ollas, fregando infinitamente los platos ya limpios que bajaba y volvía a bajar del escurridor. Después ella también salió a buscarlo. Pero tomó otra dirección. No la del timbó grande, a la orilla del río.
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Vengo cargao de tabaco – El Cojo de Huelva (c. 1950)
_____ Making off a modo de disculpa: - Qué rabia, no se puede leer la marca. - Yo sí, pero claro, no tengo presbicia. Puedes hacer un zoom. - Era astigmatismo. Haré un zoom.